domingo, 6 de mayo de 2012

Revolución

¡Hemos vuelto!

Hace escasas horas que di por terminada, definitivamente, mi primera novela. Como pueden ver a la derecha en esa lista de proyectos en marcha, su título es Evangelio según Longinus. En breve les hablaré un poquito de ella, y del resto de esos trabajos.

Lo que hoy había venido a contarles es que, habida cuenta del parón que tengo con El escudo de las tormentas, voy a reaprovechar este blog para hablarles no sólo de esa novela, sino de todas las cosas que vaya escribiendo. Es decir, que seguiré realizando la misma labor que hasta hacía unos meses, pero esperemos que con mayor continuidad.

¿Quiere todo esto decir que he dejado de lado El escudo? Pues no exactamente. Digamos que es un proyecto que deseo mimar, como me sucede con todo lo que tiene relación con Lüreon. Es algo que me gustaría perfeccionar con esmero, y que dejo para cuando tenga algo más de experiencia, para que no sea considerado un producto novel y de menor calidad.

Supongo que seguirán algunos días con mayor actividad en el blog, a pesar de que ahora mismo tengo que centrarme en el único examen que me queda.

¡Nos leemos!

domingo, 9 de octubre de 2011

Fragmento:La Torre de los Dos Soles

La escritura avanza a buen ritmo por el momento, y ya tenemos otro capítulo más. He modificado su nombre (que era Marchitarse o morir) por uno menos simbólico: Soles y Lunas, ya que todo sucede en dos lugares, la Torre de los Dos Soles, y la Hacienda de los Sëlaken (apellido que significa 'de las Lunas').

Hoy les traigo un pequeño trocito, que contiene la descripción del primero de esos lugares. ¡A ver qué les parece!

(...)
No se conocía con certeza de qué época databa el santuario, si bien era claro que ya estaba allí cuando llegaron, desde el amplísimo este, los oretanos. El lugar había sido venerado por encontrarse muy cerca de la base de un enorme monte con dos picos gemelos (los más orientales de la cordillera), por cuya separación abandonan los Dos Soles el mundo bajo el cielo, y en lenta sucesión descienden a los Inframundos. En algún momento se había construido un templo monumental, que los legados de Aorista habían ampliado y consagrado con representaciones del brillante Baelisto y de Lug, el Herido.
(...)
Lïnago llegó al lugar a una hora temprana, a punto para el Atardecer Primo, pero ya una pequeña multitud hallábase reunida frente al templo, en una explanada adoquinada rodeada de pétreos bancos y álamos altos, y orientada al oeste. El joven se situó a la sombra de uno de los árboles, apoyando el peso de su cuerpo en el bastón, mientras el primer sol se recortaba tras las montañas. Desde su puesto, se dedicó simplemente a observar a la veintena de personas que le rodeaba, haciendo caso omiso del templo, que había visitado un par de años antes. Sin embargo, dejemos al sol finalizar su descenso, y observemos el lugar nosotros mismos.
Un pequeño riachuelo, que muchas leguas al sur se convierte en tributario del Gerbär, desciende desde los montes y lame, con sus frías y límpidas aguas, el lateral de la hacienda. Se lo retiene aquí y allá con dos humildes presas, que se abren para mover una noria en la parte trasera de las dependencias. El patio delantero, con el espléndido paisaje de los Montes Sunicios frente a él, es el único acceso desde el camino hacia el interior de los edificios. Una gran reja de hierro forjado, decorada con doradas escenas mitológicas, se halla flanqueada por dos portentosas estatuas. De dimensiones dobles a las de una persona, la de la izquierda representa a Baelisto, con el torso desnudo y un arco entre sus manos; su compañera es una imagen poco habitual de Lug, el cuerpo encogido y el rostro congestionado en un rictus de dolor, como si acabara de ser mordido por Vael. Más allá de la oscura reja, que durante el día se mantiene abierta a cualquier hora, se encuentran las estancias del culto, presididas por la sala oracular. Al fondo, tras superar un reducido patio interior, viven los sacerdotes de ambos Poderes. La comunidad se alimenta gracias a las donaciones de los peregrinos, así como de palomas, perdices y conejos que, cazados en las inmediaciones o criados en el templo, no sólo llenan sus ollas, sino que además son vendidos, cuando vivos, para realizar ofrendas a los dioses. Ninguno de los edificios del lugar es lo bastante alto como para ser llamado torre, pero el templo adquirió su nombre a partir del cercano monte de dos picos, llamado Torre de los Dos Soles incluso antes de la llegada de los oretanos.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Influencias

Cuatro meses desde la última entrada es mucho tiempo...
Y no es que haya estado ocioso, ya que como pueden ver, El Escudo de las Tormentas ahora cuenta con algunos capítulos acabados, y además tengo otros proyectos en marcha.
Sin embargo, el trabajo en este blog se resiente.

Hoy traigo una entrada corta sobre las influencias que deseo ejercer sobre la novela.

Está claro que, cuando uno escribe, es inconscientemente influenciado por todo lo que constituye su ser; muy especialmente por todo aquello que ha leído. No me refiero, por supuesto, a las tramas y sucesos, sino al modo de escritura: la forma en que se desarrollan esas tramas y la cobertura estética (o lírica) que se les pone a esos sucesos. Pero otra cosa es hacer que lo que escribas se parezca a algo en concreto que tienes en mente (o al menos, que coja algo de su esencia).
En mi caso, tengo claro que cuando consiga terminar el libro leeré ciertas cosas que tengo pensadas. Y luego, tras cada una de ellas, repasaré lo escrito; o ciertos capítulos en concreto. De esa forma, al tener en la cabeza las estructuras y el estilo de esas obras, corregir ciertas frases dará como resultado un acercamiento a sus fuentes.
El listado de lecturas incluye la Ilíada y ciertas partes de la Odisea (las menos marítimas), para obtener el tono épico; El Señor de los Anillos, para añadir a la receta el sentimiento de sacrificio de los personajes y la sensación del 'gran viaje'; una novela cualquiera de Mundodisco, para ganar gracia en las salidas irónicas; Los tres mosqueteros, para ciertas escenas de combate; El capitán Alatriste, para reflejar el sabor de una época; y otras que ahora mismo ni recuerdo.

Naturalmente, alguno puede acusarme de hacer trampas, de "meta-literatura" podríamos decir. Sin embargo, a la hora de dar forma definitiva a ciertos fragmentos, me he dado cuenta de que mi estado de ánimo, incluyendo la última lectura realizada, influyen en lo que escribo. Así, lo único que hago es asegurarme de reflejar en cada ocasión lo que deseo expresar de verdad. Mi estilo, se sobreentiende, no está variando en las sucesivas relecturas, porque todo esto ya se haya incluido en mi forma de hacer literatura. No voy a copiar a esos grandes autores, sino únicamente aprovecharme del acervo literario que acompaña a nuestra cultura. Es una suerte de seguro estilístico.